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NOWNLETTER

Redes Sociales / 02.09.2026 / 6 min

X: ¿Hay humanos aquí?

Cuando entras a X buscando conversación y solo encuentras un muro de carteles con público simulado

Gonzalo Andrés Product Manager @ Networkr.cl
NOWN / Redes Sociales

Entras a X esperando conversación. Hace años, la encontrabas. Abrías un tema, alguien respondía, discutías, te reías, te enojabas. Era una plaza ruidosa pero viva. Hoy entras y la plaza sigue llena de movimiento, pero algo cambió. El ruido es distinto. Es un zumbido. Uniforme, constante, sin respiración.

Hoy, publicas algo. Esperas. No pasa nada. Te recomiendan avisar por otra vía a tus contactos y pedirles que le den like y compartan tu publicación. Pero no lo hagas directamente por X, es spam.

La sensación de hablar solo en una sala llena

El usuario común entra a X con una expectativa heredada: que es un lugar donde se puede conectar. Le contaron que aquí se forman comunidades, que un desconocido puede volverse un interlocutor, que las ideas se encuentran con otras ideas. Esa promesa sobrevivió durante años. Sostuvo el mito de Twitter como una plaza pública digital.

Pero el usuario de 2026 se encuentra con otra cosa.

Publica una opinión, una pregunta, un hallazgo. El tuit se desliza hacia abajo y desaparece. No hay respuestas. Si las hay, son raras: cuentas nuevas con fotos genéricas, frases que no terminan de responder, enlaces sospechosos. A veces un bot que repite una consigna. A veces una cuenta con nombre impronunciable que promociona una criptomoneda.

El usuario empieza a sospechar que está hablando solo. Pero no en el vacío: en una sala llena de pantallas encendidas.

Mira los temas del momento. Hashtags idénticos, repetidos por cientos de cuentas sin rostro. Tendencias que suben y bajan con precisión mecánica. Figuras con miles de seguidores que solo emiten. Sus menciones están llenas de aplausos automáticos o insultos programados, sin dialogo, sin el rico rito de la comunicación humana. Es como ir a un estadio donde los vítores son pregrabados.

El precio de la atención

El usuario común no tarda en entenderlo. Aquí no se gana visibilidad conversando. Se gana pagando, automatizando o peleando.

Los que “crecieron” en X lo hicieron con técnicas: sorteos, polémicas calculadas, granjas de seguidores, interacciones compradas. Algunos lo admiten. Otros lo disimulan. Pero el patrón es visible: el éxito no llega por lo que dices, sino por cuánto ruido eres capaz de generar.

El ruido no es lo mismo que conversación. El usuario común, el que no tiene audiencia, ni presupuesto, ni ganas de convertirse en un producto, se encuentra sin lugar. Sus posts mueren sin ser vistos. Sus intentos de diálogo se estrellan contra muros de indiferencia o de automatización. Su experiencia se reduce a mirar.

Entonces decide que quizás no vale la pena hablar. La violencia de la plaza incluso lleva a concluir que poner un dato real es un riesgo. Y ese silencio, multiplicado por millones, es lo que ha vaciado la plaza.El orp

Chile: la plaza tomada

En Chile, el fenómeno es especialmente visible. X no es la red favorita de los chilenos, pero su peso político y mediático es enorme. Y ese peso está sostenido, en buena parte, por máquinas.

Bots de política que empujan hashtags alineados con uno u otro sector. Bots de programas de televisión que inflan tendencias para posicionar un estreno o un personaje. Granjas de seguidores que fabrican influencia. El timeline chileno está lleno de voces que no son voces, y peleas… que parecen ser lo único que realmente involucra algo de interacción humana.

No es que los chilenos usen X para informarse porque sí lo hacen. El asunto es que lo que reciben como “opinión ciudadana” está cada vez más mediado por cuentas que no son personas. Y el usuario común chileno, el que entra a buscar comunidad, se encuentra con que el espacio está ocupado. No hay lugar para sentarse. Hay un escenario con público pagado.

La confianza se rompe por dentro

Lo que X ha perdido no es solo credibilidad informativa. Es algo más básico: la confianza en que hay un humano al otro lado. Esa confianza era el cimiento de todo. Permitía responder sin miedo, debatir sin sospecha, equivocarse sin paranoia. Sostenía la posibilidad de la conversación.

Ahora, cada interacción pasa por un filtro de autenticidad: ¿cuándo se creó esta cuenta? ¿Cuántos seguidores tiene? ¿Escribe como persona o como modelo de lenguaje? ¿Responde muy rápido? ¿Su foto es real?

El usuario se vuelve detective. Y el detective, eventualmente, deja de intentar conversar. Porque conversar con una máquina es absurdo. Y no saber si es una máquina es agotador.

Lo más grave no es solo la cantidad de bots. Es lo que los bots le hacen a los humanos reales. Al usuario nuevo que escribe mal y parece sospechoso. Al que tiene pocos seguidores y parece spam. Al que opina de forma tosca y parece un script. Todos pagan el precio de la sospecha generalizada.

La plaza se ha vuelto un lugar donde nadie confía en nadie.

Lo que queda

Cuando el usuario común se retira, ¿qué queda en X?

Quedan los que tienen algo que vender, los que tienen algo que imponer, los que ya ganaron la atención y no necesitan conversar. Y los que aún no se dieron cuenta de que nadie los lee, como yo. No es una red social. Es una vitrina con público simulado. Un canal de distribución de contenidos con fachada de plaza pública.

Y la pregunta que define la experiencia actual de X no es “¿esto es verdad?”. Es “¿hay alguien ahí?”.

Cada vez más, la respuesta honesta es: no lo sé.

Y esa incertidumbre, más que cualquier escándalo, es lo que ha vaciado la plaza de personas llenándola a la vez maniquíes y bots.

Y la gente real, simplemente, se fue.


Mientras tanto, X toma medidas. Purga bots, anuncia desmantelamientos, muestra metadatos de las cuentas. Pero las sospechas persisten. Porque cada purga revela el tamaño del problema sin resolverlo. Porque lo que se anuncia con bombo suele tocar intereses concretos. Y porque el usuario, al final, no vive de comunicados: vive de lo que ve al abrir las respuestas.

La pregunta no es si X lucha contra los bots. Es por qué, después de tanta lucha, la plaza sigue sintiéndose vacía.

Eso da para varios artículos más. La economía de la atención. La política de las purgas selectivas. El negocio de las granjas. La soledad del usuario común. La confianza como bien escaso. X es un caso de estudio inagotable.

Porque la pregunta que abre este artículo: “¿hay humanos aquí?” no se responde con un informe de transparencia. Se responde cada vez que alguien entra, mira, y decide si hablar, o callarse.