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NOWNLETTER

Sociedad / 20.08.2026 / 13 min

Chile:¿Se viene un megaterremoto?

La pregunta que nos hacemos entre enjambres sísmicos, mapas de televisión, lluvias fuera de los caudales promedio y la ciencia que aprende a detectar más rápido, pero todavía no puede decir qué ocurrirá mañana.

Redacción NOWN
NOWN / Sociedad

En un momento, el suelo pareció adquirir una rutina.

No era el temblor que llega, se siente y se va. Frente a Quintero y Valparaíso, durante las últimas semanas, los movimientos comenzaron a aparecer en grupos. Uno. Otro. Otro más. En algunas jornadas, diez sismos en menos de dos horas. Varios perceptibles. Algunos sobre magnitud 4.

El domingo 16 de agosto, el suelo no comenzó a moverse por primera vez frente a Quintero. Fue, más bien, el día en que la secuencia se volvió imposible de ignorar.

A las 12:32, un sismo de magnitud 4,7 ocurrió a 45 kilómetros al oeste de Quintero. Veinticinco minutos después llegó otro, de 4,5, al noroeste de Valparaíso. Luego hubo movimientos de 4,0, 4,2 y varios menores. En menos de dos horas, el Centro Sismológico Nacional registró diez o más eventos.

Pero la historia había empezado antes. El 31 de mayo, un sismo de magnitud 6,0 frente a Quintero había dejado más de 30 réplicas sobre magnitud 2,5. En julio volvieron las secuencias: un movimiento superior a magnitud 5, seguido por otros de 4,6 y 4,2. A comienzos de agosto, un nuevo sismo de magnitud 4,7 sacudió la zona de El Tabo.

Para los catálogos, podían ser episodios distintos. Para quienes viven en la costa central, eran parte de una misma experiencia: el suelo volvía a aparecer en la conversación una y otra vez.

En los teléfonos, la pregunta apareció antes que la explicación:

¿Se viene un superterremoto?

La pregunta parecía exagerada. También era inevitable.

Porque mientras Quintero temblaba, los noticieros mostraban sismos en Perú, Colombia, Venezuela y Japón. En las mismas semanas, Chile enfrentaba lluvias intensas, inundaciones, aluviones y derrumbes. Senapred había advertido sobre precipitaciones “no habituales” para varias zonas, “trenes de tormentas”, “ríos atmosfericos” y el riesgo de activación de quebradas, de sur a norte.

El país recibió todos esos eventos en el mismo lugar: la pantalla del teléfono.

La tarde de los diez temblores

El Centro Sismológico Nacional registró el episodio. No fue una exageración de redes sociales ni una suma de testimonios sin respaldo.

Entre las 12:32 y las 14:50 del 16 de agosto se reportaron al menos diez movimientos frente a Quintero y Valparaíso. El mayor alcanzó magnitud 4,7. Hubo eventos de magnitud 4,5, 4,2 y 4,0, además de varios menores.

Los sismos se concentraron en una franja costera y a profundidades aproximadas de entre 7 y 39 kilómetros. Esa combinación  de distancias relativamente cercanas, profundidad moderada y varios eventos sucesivos, hizo que la secuencia se sintiera en distintas localidades de la Región de Valparaíso.

La televisión encontró rápidamente una palabra: “seguidilla”. Después llegaron “enjambre”, “tren de sismos” y “alerta”.

La palabra “alerta”, sin embargo, tenía más fuerza en la pantalla que en el lenguaje institucional. No había una alerta de terremoto mayor. No había una predicción. Había una sucesión real de movimientos que los medios comenzaron a narrar como un episodio extraordinario.

La diferencia no es pequeña.

Una seguidilla describe una secuencia. Un tren sugiere desplazamiento. Una alerta sugiere una amenaza. En la memoria sísmica de Chile, esas palabras no llegan vacías.

“Es normal”

El 31 de mayo, un sismo de magnitud 6,0 frente a Quintero había abierto una secuencia que el CSN describió como habitual para la zona central. El evento ocurrió a unos 20 kilómetros al oeste de Quintero, a 30 kilómetros de profundidad, en el contacto entre las placas de Nazca y Sudamérica. Después se registraron más de 30 réplicas sobre magnitud 2,5.

El director del CSN, Sergio Barrientos, explicó que un movimiento de magnitud 6 implica una ruptura aproximada de 15 kilómetros de largo por 5 de ancho y que en Chile se producen, en promedio, entre ocho y diez sismos de magnitud similar al año. También dijo que el comportamiento de las réplicas era consistente con secuencias anteriores: muchos eventos después del sismo principal y una disminución progresiva con el paso del tiempo.

En el lenguaje del CSN, “normal” significa que el episodio pertenece a una clase de fenómenos conocidos en una zona de subducción activa.

Pero para una persona que siente diez temblores en dos horas, “normal” significa otra cosa.

Significa: ¿cuántas veces ha pasado esto frente a mi casa? ¿Cuántas secuencias así hubo el año pasado? ¿Se trata de réplicas del sismo de mayo o son episodios nuevos? ¿La cantidad de sismos perceptibles está aumentando? ¿El número que me entregan es el número de todos los eventos o solo de los registrados?

La palabra describe una categoría geológica. La pregunta de la comunidad es histórica.

La historia que falta

El CSN define un enjambre sísmico como una secuencia de numerosos sismos concentrados en una región durante días o meses. A diferencia de una secuencia clásica de réplicas, no siempre existe un terremoto principal claramente dominante. La definición sirve para clasifica, pero no alcanza para comparar.

Determinar si lo ocurrido frente a Quintero entra en los márgenes de lo habitual exige cruzar variables que van desde la física del sismo hasta la historia del registro. Por un lado, está la caracterización del evento actual: la frecuencia semanal de los sismos, la proporción de eventos que resultan perceptibles para la comunidad, los umbrales de magnitud que logran romper (especialmente sobre 3 o 4), su profundidad promedio y la duración de cada agrupación.

Por otro lado, está el contexto histórico y técnico. Para confirmar si la tasa actual es una anomalía se necesita comparar este episodio con las secuencias registradas en la última década, considerando además cómo la modernización de la red sísmica alteró la capacidad de detectar sismos menores. Solo con esa perspectiva es posible aclarar si los eventos de mayo, julio y agosto responden a un único sistema en marcha o a secuencias separadas.

Decir que un fenómeno “ha ocurrido antes” no equivale a mostrar que la tasa actual es habitual. Para eso se necesita una serie.

La pregunta concreta sería: “En un radio definido frente a Quintero y Valparaíso, ¿cuántas veces se han registrado diez o más sismos perceptibles en menos de dos horas durante los últimos 20 años?” La respuesta podría tranquilizar, preocupar o simplemente cambiar la conversación. Pero tendría una ventaja: sería verificable.

No todo se movió al mismo tiempo

A la pregunta local se sumó una imagen continental.

En las noticias, un terremoto en Perú podía aparecer junto a movimientos en Colombia, Venezuela y Japón. En el mapa, los epicentros parecían dibujar un recorrido. Para quien observa desde Chile, la secuencia tiene una lógica visual: algo ocurre alrededor del Pacífico y luego vuelve a sentirse en casa.

Geológicamente, esa lectura no es suficiente. Japón, Venezuela, Colombia, Perú y Chile no forman una sola falla que se vaya encendiendo de norte a sur. Los terremotos pueden compartir el gran contexto del Cinturón de Fuego o de márgenes tectónicos activos, pero eso no demuestra que uno active automáticamente al siguiente a miles de kilómetros.

La ruta existe como relato. No está demostrada como mecanismo. Esa distinción es una de las tareas centrales del periodismo sísmico: reconocer la simultaneidad sin inventar causalidad.

El noticiero como máquina de continuidad

Un sismo aislado es una noticia breve.

Una sucesión de sismos permite una cobertura extendida: mapas, enlaces en vivo, expertos, imágenes de archivo, preguntas sobre terremotos históricos, conductores alarmados y gráficos de brechas sísmicas. La cobertura no necesariamente inventa los eventos, pero sí puede darles una continuidad que no poseen tectónicamente.

En una sola emisión, la pantalla es capaz de amontonar la magnitud del día, el mapa del epicentro, la reacción en vivo de la gente y un terremoto ocurrido al otro lado del mundo, mezclándolo todo con infografías de fallas profundas, el recuerdo del 27F, imágenes descontextualizadas y no comprobadas como reales de desastres naturales en repetición contínua y la pregunta abierta por el próximo gran desastre. Esa sucesión continua termina por construir la sensación de que vivimos en un colapso permanente.

El problema no es que los noticieros cubran la sismología; el problema aparece cuando esa urgencia dramática diluye los matices fundamentales. Se difuminan las fronteras entre un temblor perceptible y uno destructivo, entre magnitud e intensidad, o entre una réplica esperable y un evento nuevo. En el mismo espacio conviven una alerta oficial y una muletilla sensacionalista, confundiendo coincidencias temporales con conexiones físicas, y transformando el peligro constante de vivir en un país sísmico en la amenaza inminente de una catástrofe que aún no existe. “¿Podría venir algo mayor?” es una pregunta legítima; “viene algo mayor” es una afirmación radicalmente distinta.

Una población que no está inventando su percepción

La gente no necesita tener razón en la explicación para tener razón en la experiencia.

Si una familia siente nueve temblores en dos horas, esa tarde fue sísmicamente excepcional para ella. Si durante la misma semana recibe imágenes de inundaciones y aluviones en el norte, la sensación de que el entorno se volvió inestable no es una fantasía.

En agosto, las autoridades informaron precipitaciones no habituales en varias zonas del norte, con riesgo de desbordes y activación de quebradas. Después se reportaron inundaciones, deslizamientos, evacuaciones y daños. No hay evidencia para decir que esas lluvias causaron los sismos frente a Quintero. Pero no es necesario que exista una causa común para que los fenómenos produzcan una experiencia común. El cuerpo de una persona no separa los desastres por disciplina académica. Recibe la alerta meteorológica, siente el temblor, ve el video del aluvión y vuelve a mirar el teléfono.

La pregunta “¿qué está pasando?” puede ser una pregunta sobre placas tectónicas. También puede ser una pregunta sobre la capacidad de una sociedad para absorber eventos repetidos.

La ciencia sí está cambiando

La respuesta habitual “los terremotos no se pueden predecir” es cierta, pero se queda corta.

En la Universidad de Chile, un proyecto Fondef liderado por el profesor Néstor Becerra Yoma desarrolló dos sistemas de aprendizaje automático para apoyar el monitoreo sísmico. El proyecto llegó a un nivel de madurez tecnológica TRL 7, es decir, prototipos demostrados en condiciones operacionales reales.

El primer sistema busca detectar y caracterizar automáticamente sismos pequeños, especialmente eventos menores a magnitud 3 que no siempre pueden ser revisados de forma exhaustiva por la capacidad limitada del personal.

En una prueba con una traza continua de 24 horas, el sistema identificó 173 eventos: 62 ya estaban en el catálogo y 101 no. La precisión reportada fue de 94%.

Ese resultado tiene dos lecturas.

La primera es tecnológica: una máquina puede encontrar señales que el sistema humano no alcanza a revisar una por una.

La segunda es periodística: cuando se detectan más eventos, el mapa puede llenarse de puntos y alimentar el morbo televisivo. La actividad podría estar aumentando, pero también podría estar aumentando nuestra capacidad para detectarla. Por eso, si en el futuro el CSN informa más sismos pequeños, habrá que preguntar si se trata de una mayor actividad sísmica o de un catálogo más completo.

El proyecto de la Universidad de Chile contempla además un sistema orientado a sismos de mayor magnitud. Este recibe en tiempo real los datos de las estaciones disponibles, identifica rápidamente que ocurrió un evento, estima su magnitud con las primeras señales recibidas y calcula una localización preliminar utilizando las estaciones que ya registraron el movimiento. Su objetivo no es predecir un terremoto antes de que ocurra, sino reducir el tiempo entre el inicio del evento y la primera estimación de sus características.

Esa diferencia es clave: un sistema busca ver más, especialmente eventos pequeños; el otro busca responder antes cuando ya comenzó un sismo relevante.

Eso puede ganar minutos, mas no puede ganar días.

La palabra “predicción

La inteligencia artificial ha traído a la conversación pública una palabra peligrosa: predicción. Sin embargo, herramientas como HEWFERS, desarrollada por investigadores chilenos, no adivinan el futuro; calculan en tiempo real la intensidad del movimiento cuando el terremoto ya comenzó. No es lo mismo predecir (saber cuándo ocurrirá antes de que empiece) que emitir una alerta temprana, estimar ondas en los primeros segundos o calcular la altura de un tsunami en seis minutos. La IA chilena gana minutos valiosos para la respuesta humana, no la capacidad de anticipar el próximo evento.

Esa brecha entre la ciencia y la expectativa es aprovechada en redes sociales por los “influencers del terremoto”. Armados con gráficas coloridas, música alarmante, mapas de calor y un lenguaje pseudo-técnico sin credenciales ni auditoría, estos creadores de contenido transforman la incertidumbre en clics. Mientras la geofísica analiza brechas tectónicas de largo plazo, como la franja entre Pichilemu y Los Vilos, sin poder dar fechas, las plataformas digitales y los titulares irresponsables convierten una condición geológica en una cuenta regresiva.

La memoria chilena explica la angustia: 1960, 2010 y la secuencia histórica de la zona central están marcadas en la piel. Cada generación carga con el recuerdo de un gran desastre y lo activa cuando el suelo tiembla seguido. El problema es que, mientras la geofísica lee la historia para entender el riesgo, el sensacionalismo, sea en la pantalla del televisor o en el feed de la red social, la convierte en una falsa profecía inminente.

Entonces, ¿se viene un megaterremoto?

No hay datos que permitan decir que un superterremoto sea inminente. Pero tampoco hay razones para tratar la pregunta como superstición. La población ha visto una concentración real de sismos frente a la zona central. Los medios han conectado esos eventos con terremotos de otros países. El clima ha aportado emergencias simultáneas. Las redes sociales han convertido miles de percepciones dispersas en una conversación nacional.

Todo eso explica la pregunta. Lo que no explica, todavía, es que exista una única cadena geofísica de terremotos avanzando hacia Chile como un Godzilla de los temblores.

La respuesta más honesta se ubica en el espacio entre la alarma y el “no pasa nada”: la ciencia no puede anunciar un superterremoto, pero sí puede estudiar si la concentración de sismos perceptibles frente a Quintero y Valparaíso es estadísticamente común, poco frecuente o excepcional. El Centro Sismológico Nacional tiene los datos para hacer esa comparación y la Universidad de Chile desarrolla herramientas para procesarlos cada vez más rápido. Lo que aún falta es convertir esa capacidad técnica en una explicación pública transparente.

La conversación no debería cerrarse con un “es normal”. Debería continuar con preguntas más precisas: ¿normal para quién?, ¿en qué escala?, ¿comparado con qué período? y ¿qué puede detectar hoy la ciencia que hace unos años no podía ver?

Entre el noticiero que convierte cada temblor en una señal inminente y la autoridad que lo reduce a una categoría técnica existe un espacio amplio. Y es justamente ahí donde vive la experiencia cotidiana: personas que sienten el suelo, miran la pantalla y revisan los registros. No esperan que alguien les anuncie el próximo terremoto ni que les ordene dejar de preocuparse. Esperan datos. Esperan entender, rápido y sin adornos, qué ocurrió, qué significa y cómo actuar

En Chile, de alguna manera, todos tenemos un plan para cuando ocurra un terremoto. Lo que seguimos necesitando es que la información llegue con la misma claridad con que llega el movimiento.