El día que tuve que pagar por leer mis propias palabras
Romina llevaba 16 años escribiendo. Novelas, artículos, el diario de su hijo cuando nació. Todo estaba en archivos DOCX, guardados en discos duros, pendrives y una vieja carpeta de Dropbox. Un martes cualquiera, abrió el portátil para revisar el capítulo 12 de su novela. La pantalla se iluminó con un mensaje:
“Tu suscripción a Microsoft 365 ha expirado. Renueva por 69,99 € al año para acceder a tus documentos.”
Ella se quedó mirando la pantalla. No era la primera vez que pagaba. Pero esa mañana, algo hizo clic en su cabeza. “No estoy pagando por el programa. Quieren que pague por leer mis propias palabras, en mi propio computador”.
José Gatica, colaborador de LibreOffice en Chile, lo explica con una imagen poderosa:
“Usar formatos propietarios es como guardar tu diario en una caja fuerte cuya llave la tiene una empresa privada. Si un día deciden cambiar la cerradura, pierdes el acceso.”
Gatica sabe de lo que habla. Desde Valdivia, se ha dedicado a migrar ordenadores de MS Office a LibreOffice en colegios vulnerables, enseñando a la gente que la independencia digital no es un lujo, sino un derecho.
La transición de la propiedad al alquiler
Hace veinte años, comprabas software y era tuyo (que época mas maravillosa). Pagabas una vez, instalabas el CD y el programa te acompañaba durante años. Podías abrir tus documentos en 2010, en 2015, en 2020, siempre que tuvieras el mismo ordenador o hicieras una copia.
Hoy, el modelo ha cambiado. No compras. Arriendas. “Con la nube pasamos de ser dueños a inquilinos de nuestras propias herramientas de trabajo.” Y lo que es peor: tus documentos, que deberían ser lo más tuyo, se han convertido en rehenes de una suscripción. Si dejas de pagar, no pierdes el programa. Pierdes el acceso a tu propio trabajo.
LibreOffice rompe ese ciclo. No hay suscripción. No hay fecha de caducidad. No hay “versión gratuita con funciones limitadas”. Es tuyo. Para siempre.
El candado y la llave universal
Imagina que escribes tu diario en un cuaderno. Pero el cuaderno tiene un candado. Y la llave la tiene una empresa. Cada año, la empresa te cobra por seguir usando la llave. Y un día, sin avisar, cambian la cerradura y te piden que compres una llave nueva.
¿De quién es el diario? ¿Tuyo o de la empresa? Usar formatos propietarios (.docx) es como guardar tu diario en una caja fuerte cuya llave la tiene una empresa privada. Si un día deciden cambiar la cerradura, pierdes el acceso.
Esa es la realidad del formato DOCX. Aunque se presenta como “estándar”, es un formato que está controlado por Microsoft. Y aunque hoy puedas abrir un DOCX en LibreOffice, ¿qué pasará dentro de 20 años? ¿Seguirá Microsoft manteniendo la compatibilidad? ¿O te obligará a migrar a la nube?
Los formatos abiertos (.odt) son la llave universal. Están estandarizados por ISO. Cualquiera puede implementarlos. No dependen de una empresa ni a una marca, son estándares abiertos internacionales ratificados por la ISO. Dentro de 20, 30 o 50 años, podrás abrir tus documentos con cualquier programa que soporte el estándar. Usar LibreOffice y formatos abiertos es tener una llave estándar universal.
La privacidad que no es un producto
La inteligencia artificial ha llegado para quedarse. Y nos preguntamos ¿qué hacen las empresas con tus documentos cuando los procesan sus asistentes?
Microsoft Copilot lee tus correos y documentos para ofrecerte sugerencias. Gemini hace lo mismo. Y aunque las empresas aseguran que no usan tus datos para entrenar sus modelos, la letra pequeña siempre deja espacio para la duda.
LibreOffice no recopila telemetría. No analiza tu texto para entrenar modelos sin tu permiso. Tu borrador, tu tesis o tu contabilidad no viajan a ningún servidor externo para alimentar una IA.
Si quieres usar inteligencia artificial, puedes hacerlo con extensiones como LocalWriter, que ejecuta modelos directamente en tu ordenador. Sin conexión a internet. Sin que tus documentos salgan de tu control.
El huerto propio frente al supermercado
Cambiar a LibreOffice requiere un pequeño aprendizaje. Los botones están en sitios ligeramente diferentes. Los menús tienen nombres distintos. Pero es como aprender a cultivar tus propios tomates. Al principio, puede que eches de menos la comodidad del supermercado. Pero pronto descubres que tus tomates saben mejor, que no llevan pesticidas y que siempre están ahí, en tu huerto, esperándote.
Y lo mejor: si un día decides compartir tus tomates con alguien, no tienes que pedir permiso. El formato abierto (ODT) es como una receta que todo el mundo puede entender. No necesitas que el otro tenga el mismo supermercado. Solo necesita un programa que sepa leer la receta.
La independencia digital también es soberanía ecológica
Hay otro ángulo muy importante de mencionar: el hardware.
Las suites ofimáticas comerciales exigen cada vez más recursos. Windows 11 no funciona en ordenadores de hace 8 años. Microsoft 365 se vuelve más pesado con cada actualización. El mensaje implícito es: “compra un ordenador nuevo”.
LibreOffice funciona en equipos antiguos. Windows 7, Windows 10, Linux, macOS. No exige actualizaciones forzadas de hardware. No te obliga a renovar tu ordenador solo para seguir escribiendo. La independencia digital también es soberanía ecológica: no tirar ordenadores funcionales.
Es una forma silenciosa de resistencia contra la obsolescencia programada para quienes tienemos la convicción de que la tecnología debería servirnos, y no al revés. Precisamente por eso el trabajo de José Gatica en Chile tiene tanto sentido. No solo enseña a usar LibreOffice, sino que demuestra que un ordenador de hace diez años puede seguir siendo útil. Que no hace falta renovar el hardware cada tres años para escribir un informe, llevar las cuentas de casa o hacer una presentación. Y que la soberanía digital empieza por decidir no comprar lo que no necesitas.
La decisión de Romina
Romina no pagó la suscripción. Descargó LibreOffice, abrió el capítulo 12 de su novela y siguió escribiendo.
Al principio, notó diferencias. El corrector ortográfico no era igual. Los estilos se organizaban de otra manera. Pero en una semana, ya se sentía como en casa. Lo que descubrió meses después, fue la sensación de libertad. Saber que sus documentos eran realmente suyos. Que no dependía de que una empresa decidiera seguir manteniendo un formato, y que podía abrir sus archivos dentro de 20 años sin pagar un peso.
Esa noche, antes de dormir, abrió el documento donde guardaba el diario de su hijo y lo exportó a ODT. “Esto es para siempre” pensó. Y apagó el ordenador.
¿Quieres probarlo? Descárgalo desde libreoffice.org. Es gratis. Siempre lo ha sido. Siempre lo será.












