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NOWNLETTER

Sociedad / 28.07.2026 / 7 min

Chile: ¿hacemos famosa a la gente equivocada?

En Chile no solo hacemos virales a los memes: también convertimos la imprudencia, la miseria moral y la impunidad en capital simbólico. Mientras el talento real pelea por espacios, la agenda pública se llena de personas que nunca habrían sido relevantes si no fuera por el algoritmo.

Redacción NOWN
NOWN / Sociedad

“El Chino y las parvularias“: del rescate al proyecto de ley

El caso del “Chino” y las dos educadoras de párvulos es probablemente el viral más potente de julio de 2026.

Un grupo que decide subir al Cajón del Maipo en medio de un sistema frontal con nevadas anunciadas, desoyendo todas las alertas, termina desaparecido seis días y gatilla un operativo que supera los 100 millones de pesos en recursos públicos.

Lo que pudo haber sido solo un reporte de rescate se transformó en teleserie nacional, lluvia de memes y, finalmente, en debate legislativo: hay parlamentarios que ya están pidiendo que se cobre el rescate a quienes actúan con imprudencia extrema, usando este caso como ejemplo mediático.

El país entero conoce hoy el nombre y la cara del Chino, no por algún aporte a la sociedad, sino porque fue imprudente en el momento correcto para la máquina mediática.

 

Naya Fácil: del “facilina” al expediente penal

Naya Fácil es el caso perfecto de cómo Chile convierte en figura pública a alguien por una mezcla de morbo, desclasamiento y consumo irónico.

Este año acumuló rifas cuestionadas con más de 15 denuncias en el Sernac, sorteos de vehículos de lujo con participantes que ni siquiera recibieron su número, y ganancias estimadas en torno a los 327 millones de pesos por una sola rifa.

A eso se suma su nuevo capítulo: un video conduciendo su Cybertruck a 211 km/h en autopista, que detonó una investigación penal de oficio por manejo temerario en la Fiscalía Sur.

La escena es tan brutal como simple: ella misma sube el registro del velocímetro y el país mira, comparte, opina, funa y finalmente convierte el acto irresponsable en contenido.

El resultado:

  • Más seguidores.
  • Más presencia en matinales, portales y programas de reacción.
  • Un personaje que se vuelve inevitable en la conversación pública, no porque represente a nadie, sino porque es rentable como espectáculo.

Ítalo Omegna y La Cofradía: el humor convertido en radiografía moral

En paralelo, Ítalo Omegna —vinculado al Partido Nacional Libertario y asesor de un diputado— se convierte en protagonista de uno de los virales más repugnantes del año.

En un cumpleaños grabado por amigos de “La Cofradía”, se lo ve haciendo “bromas” sobre pedofilia y niños con TEA, con un tono de humor que da más vergüenza ajena que risa.

El video se viraliza y estallan el repudio transversal, los comunicados oficiales y las desvinculaciones: deja de ser asesor legislativo, lo sacan del Instituto Mises Cono Sur, y su nombre queda asociado públicamente a ese registro.

La pregunta incómoda es: ¿por qué alguien que piensa así estaba ya instalado en el circuito político y mediático, dando entrevistas, apareciendo en vlogs, hablando de “éxito” y “libertad”, antes de que el algoritmo decidiera exponerlo?

Omegna no se vuelve “famoso” por una carrera política consolidada, sino por el choque entre su personaje libertario y la evidencia audiovisual de su propia miseria verbal.

Otra vez, la fama es consecuencia del escándalo, no del mérito.

 

Fama política: elegimos (y sostenemos) a la gente equivocada

Este patrón no se limita a influencers y virales de farándula. La política chilena lleva años fabricando notoriedad sobre la base de escándalos, bots y campañas sucias.

En plena campaña presidencial, un reportaje de Chilevisión destapó una red de cuentas anónimas y bots ligadas a sectores republicanos, dedicadas a difamar a Evelyn Matthei y Jeannette Jara, editando videos para sugerir problemas mentales y levantando fake news sistemáticas.

La estrategia es clara: no construir prestigio propio, sino destruir el de la competencia, convirtiendo la guerra sucia digital en parte inseparable de la imagen pública de los candidatos.

Al mismo tiempo, vemos candidatos y asesores que arrastran causas judiciales, acusaciones graves o episodios de rechazo social masivo, pero que son elegidos, validados o sostenidos mientras el escándalo sea útil.

En más de un caso, la secuencia es conocida:

  • Figura polémica se instala en redes con discurso extremo.
  • Gana visibilidad, se vuelve atractivo para algún partido.
  • Entra como candidato o asesor.
  • Estalla el escándalo (nuevo o viejo).
  • El mismo sistema que lo infló lo sacrifica, pero ya le entregó vitrina y agenda.

Chile no solo hace famosa “a la gente equivocada” en el mundo de los influencers; también abre las puertas del poder a personajes que vienen con una ética dudosa de fábrica.

Funa, denuncia y difamación: el triple filo de la exposición

En este contexto, separar funa, denuncia y difamación es clave, porque muchos de estos casos se mueven justo en esa frontera.

Funa: exposición pública sin debido proceso
La funa, nacida como herramienta de denuncia social, hoy es muchas veces linchamiento digital: se expone a alguien con nombre y apellido, se le atribuyen hechos, y se invita al escarnio sin pasar por ningún filtro institucional.

En Chile hay estudios que muestran que funar por redes no es un “derecho” ni una forma de denuncia legítima, sino que puede constituir delito de injuria o calumnia si se dañan el honor y la imagen con acusaciones falsas o no verificadas.

Ejemplo típico: un hilo viral acusando a alguien de abuso, sin denuncia formal, sin investigación, solo con pantallazos y relatos que se asumen verdaderos por el volumen de RT y likes.

Denuncia: el camino institucional
La denuncia es el acto de poner los antecedentes en manos de las autoridades (Fiscalía, PDI, tribunales, Sernac, etc.).

No genera trending topic por sí misma, no da likes, no activa el circo digital, pero es la vía que tiene más posibilidades de terminar en sanciones reales y reparación.

Ejemplos:

  • Las denuncias formales ante Sernac contra las rifas irregulares de influencers como Naya Fácil.
  • Querellas por campañas sucias con bots que difaman candidatos en plena elección.

Difamación: injuria y calumnia
Cuando alguien es acusado falsamente de hechos que afectan su honor, entramos al terreno de la difamación.

En Chile, la calumnia (imputar un delito falso) y la injuria (expresiones que deshonran o menosprecian) son delitos penales; pueden perseguirse con querellas y terminar en condenas.

Aquí el detalle irónico:

  • Usamos las redes como tribunal moral paralelo.
  • Muchos confunden desenmascarar lo evidente (como un video público) con difamar.
  • Y al revés: legitiman campañas sucias anónimas como “opinión”, cuando son difamación pura contra candidatos, periodistas o figuras públicas.

¿Quién se queda con el micrófono?

El hilo conductor es siempre el mismo: Chile tiende a amplificar a quienes representan una mezcla de imprudencia, espectáculo y ambigüedad ética.

  • El Chino y las parvularias son famosos porque costaron 100 millones en rescate y dieron material para memes y proyectos de ley reactivos.
  • Naya Fácil capitaliza rifas cuestionadas, choques, exceso de velocidad y polémicas políticas fallidas, y cada tropiezo le suma audiencia.
  • Ítalo Omegna y su grupo de amigos muestran cómo una cultura política y mediática puede normalizar discursos miserables hasta que se filtra un video y explota todo.
  • Las campañas presidenciales se pelean con bots y fakes, consolidando la idea de que la fama en política no viene de propuestas, sino de escándalo y guerra sucia.

Si el país premia sistemáticamente la imprudencia, el morbo y la falta de responsabilidad —más que el trabajo serio, el talento y la coherencia— no es raro que tengamos la sensación de que “hacemos famosa a la gente equivocada”. La pregunta que viene es si queremos seguir narrando el país desde esos personajes, o si ya es hora de empezar a darle cámara a quienes no trendingean, pero están sosteniendo el lugar donde vivimos.