Según sus diseñadores, la nueva tipografía es un gesto de nostalgia atemporal: recuperar avisos históricos de la bebida y traerlos al presente para darle más carácter en un mundo saturado de pantallas y ruido visual.Pero apenas el diseño tocó la calle y las redes, pasó algo que nadie podía ignorar: una parte importante del público no vio una gaseosa, vio cigarrillos.
new diet coke just dropped https://t.co/I3saMvOm8i pic.twitter.com/0kKZznd65v
— Lorenzo (@lorenzolasagn) July 20, 2026
La intención: volver a las raíces gráficas de la gaseosa
El relato oficial del rebrand es claro:
- JKR y Brody Associates hablan de una tipografía inspirada en las raíces gráficas de Coca‑Cola, en piezas de archivo donde el rojo convive con serif potentes en titulares y envases antiguos.
- La idea es “construir sobre cosas que la gente ya conoce y ama”: no romper el universo Coca‑Cola, sino depurarlo y hacerlo más legible y con más personalidad, especialmente en entornos digitales hiper saturados.
En ese sentido, la jugada tiene lógica: durante años se criticó a las marcas por blandearse hacia sans geométricas genéricas; Coca‑Cola responde con una serif propia, con espina y linaje, que se ve limpia y fuerte desde la góndola hasta la pantalla del teléfono.
Si miramos solo la intención declarada y el trabajo tipográfico, el sistema funciona: es reconocible, claro y conecta bien con el archivo de la marca.

La lectura inmediata: “eso es Marlboro”
El problema, o la oportunidad, según se mire, es que la percepción cultural no se diseña desde cero. Pollfish encuestó a 400 personas sobre el rebrand y encontró que:
- 35% asoció la nueva tipografía con Marlboro.
- 11% dijo “eso es Coca‑Cola”.
- El resto la vinculó a otras marcas o a ninguna en particular. [pollfish.com]
En redes ocurrió algo parecido: la conversación se llenó de memes sobre “Coke cigarrillos”, “fridge cigarettes” y bromas con el pack rojo de Marlboro.
Medios como Gizmodo hablaron directamente de que Coca‑Cola “modernizó su imagen, pero terminó siendo comparada con la marca más tóxica del mundo”.
No es que la fuente sea Neo Contact ni que el logo sea un calco del pack clásico, pero el combo rojo sólido + serif grande + rectángulo de color activa décadas de exposición a cajas de cigarrillos en la memoria de quien creció con esos packs frente a los ojos.


No hay que condenar a nadie: dos memorias que conviven
La parte interesante que conviene subrayar, es que ninguna de las dos lecturas está “mal”:
Quien ve Coca‑Cola está leyendo la intención del diseñador: un puente hacia las raíces gráficas de la bebida, una serif que se apoya en el archivo de la marca y busca claridad en un mundo visualmente ruidoso.
Quien ve Marlboro está leyendo la realidad cultural de los últimos 50 años: Marlboro y otras marcas de tabaco colonizaron el código rojo+serif de forma masiva, al punto de que ese combo funciona hoy como señal de “cigarro serio” para una parte del público.
No tiene mucho sentido ridiculizar a quienes ven cigarrillos en el nuevo envase de Coke: reconocen algo que efectivamente existe en la historia visual del consumo masivo. Tampoco tiene sentido negar que el trabajo tipográfico se sostiene por sí mismo sin necesidad de invocar tabaco: lo que hicieron JKR y Brody es coherente con la narrativa interna de Coca‑Cola.
La tensión está en que las marcas no diseñan sobre la memoria colectiva, no sobre una hoja en blanco. Pero entonces me pregunto: ¿Será posible cambiar también la memoria colectiva si hoy los medios y las pantallas son mucho mas abundantes y agresivos que antes?

El factor generacional: quién verá qué dentro de 20 años
Si pensamos esto hacia adelante, es probable que la asociación “Marlboro” tenga fecha de caducidad:
- Hoy, quienes tienen recuerdos fuertes de la góndola de cigarrillos y del pack rojo clásico tienden a ver primero tabaco.
- Las generaciones que crezcan viendo esta serif roja en bebidas, en campañas de Coca‑Cola, en fridges y festivales, terminarán asociándola primero a la gaseosa y solo después (y solo talvez) a Marlboro.
Los estudios sobre identidad visual muestran precisamente eso: con el tiempo, los códigos figurativos y tipográficos se reescriben; un mismo recurso puede pasar de significar cigarrillos a significar “bebida global” dependiendo de quién lo usa, cuánto lo usa y cómo se reproduce en la cultura.
En ese sentido, es perfectamente razonable pensar que dentro de unos años, cuando alguien vea esta serif envolviendo el rojo de una lata, diga “eso es Coca‑Cola” con la misma naturalidad con la que hoy alguien mayor dice “eso es Marlboro”.
Azúcar, tabaco y el posible “destino similar”
Una ironía que encontramos en esto, y que vale la pena dejar planteada, es que este rebrand aparece en un momento en que la discusión sobre azúcar, salud y regulación vive un punto de alta relevancia:
- Impuestos a bebidas azucaradas, sellos de advertencias sanitarias, debates sobre consumo responsable y marketing dirigido a jóvenes se multiplican en distintos países.
- Al mismo tiempo, Marlboro se mueve hacia productos “sin humo” mientras sigue lanzando campañas aspiracionales para cigarrillos en mercados donde la regulación lo permite, va desapareciendo en otras.
En ese escenario, que una gaseosa adopte una estética que una parte del público lee como “cigarro premium” abre una pregunta legítima: ¿es solo una coincidencia visual, o estamos viendo cómo el azúcar se empieza a narrar con el mismo código serio, maduro y peligroso que antes se reservaba para el tabaco?
No hace falta afirmar que Coca‑Cola “se convirtió en Marlboro”, ni que el rebrand sea una conspiración. Basta con reconocer que la nueva serif roja funciona en dos niveles al mismo tiempo: como gesto de diseño consistente con la historia gráfica de la marca, y como espejo cultural que, hoy, todavía nos recuerda que ciertas formas y colores cargan con más historia tóxica de la que el brand book admite.
Ahí está el espacio de lectura crítica: más que decidir quién tiene razón, observar cómo un mismo trazo puede ser, a la vez, nostalgia de gaseosa y fantasma de cigarrillo.












