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NOWNLETTER

Tecnología / 29.07.2026 / 11 min

¿Refugio o guillotina a los libros impresos? Anthropic, ScanRobot y el futuro del canon literario

Entre escáneres que veneran cada página y cortadoras industriales que decapitan millones de lomos, la IA desató una batalla silenciosa por el patrimonio escrito. Cuando la literatura se destruye para convertirse en combustible de datos, la pregunta deja de ser técnica para volverse política: ¿quién custodiará la memoria del mundo cuando no queden libros de papel?

Redacción NOWN
NOWN / Tecnología

Durante décadas, la imagen de la digitalización de libros fue casi tranquilizadora: bibliotecas públicas y nacionales convertidas en refugios donde los volúmenes impresos se cuidaban, se restauraban y, en paralelo, se escaneaban para que sobrevivieran al cambio de época sin perder su cuerpo de papel. Hoy esa postal se ha agrietado: mientras muchas instituciones siguen viendo sus depósitos como santuarios para libros, la start‑up de IA Anthropic ejecutó en secreto un proyecto llamado Project Panama para comprar, escanear y destruir entre medio millón y dos millones de volúmenes físicos en apenas seis meses.

La escena parece sacada de ciencia ficción distópica, pero no lo es. Y el contraste entre el refugio bibliotecario y la guillotina industrial aplicada a los lomos nos obliga a preguntarnos algo incómodo: ¿qué pasa con el canon cuando los ejemplares físicos se convierten en materia prima descartable para entrenar modelos de IA?

ScanRobot: el refugio tecnológico para libros frágiles

Treventus Mechatronics, empresa austríaca especializada en tecnología para bibliotecas y archivos, describe su ScanRobot® 2.0 MDS como un escáner automático “universal, gentil y robusto”, capaz de digitalizar hasta 2.500 páginas por hora en modo automático. El folleto técnico insiste en el cuidado: cradle o “cuna” en forma de V con el menor ángulo de apertura del mercado (60°), sin sobre‑estirar el lomo, sin necesidad de cristal presionando las páginas y con iluminación LED sin calor, infrarrojo ni UV.

Los artículos y vídeos que se encuentran en línea, muestran a ScanRobot casi como un refugio mecánico para libros frágiles: el volumen se posa en la cuna de madera, se abre solo hasta lo necesario, el sistema de aire toma cada hoja con suavidad, la cámara captura una imagen sin sombras ni distorsiones gracias a la tecnología de prisma, y el ejemplar —aunque tenga siglos— puede volver a la estantería intacto. La digitalización se presenta así como una extensión del trabajo de conservación: el libro encuentra en el robot un aliado, no una condena.

En este modelo, la máquina no reemplaza a la biblioteca; la refuerza. Permite que bibliotecas y archivos amplíen el acceso y reduzcan el desgaste de consulta sobre originales, mientras estos siguen existiendo como objetos físicos en refugio: lomos, papeles, anotaciones, olores, materialidades que no están pensadas para desaparecer después del escaneo.

Project Panama: la guillotina industrial sobre millones de lomos

En el extremo opuesto, los documentos de Project Panama y las investigaciones posteriores describen un dispositivo que funciona como una guillotina masiva aplicada al patrimonio impreso. Anthropic concluyó que los libros —especialmente los publicados antes de la irrupción masiva de texto generado por IA— eran insumo ideal para entrenar modelos de lenguaje: textos largos, editados, curados por especialistas.

Fuente: DocumentCloud.org

Para conseguir esos textos a gran escala, la empresa gastó decenas de millones de dólares en comprar lotes gigantes de libros usados a librerías, mayoristas y plataformas de segunda mano, incluyendo pedidos de miles de títulos a tiendas en Europa y Estados Unidos. Una vez en bodegas y plantas de procesamiento, los volúmenes pasaban por guillotinas hidráulicas que removían los lomos “de manera limpia”, dejando las páginas listas para escanearse en equipos de producción de alta velocidad. Tras la digitalización, el papel se reciclaba: un ciclo diseñado para que no quedara ningún ejemplar físico.

Un documento interno, desclasificado en la demanda por copyright, lo dice sin eufemismos: “Project Panama is our effort to destructively scan all the books in the world. We don’t want it to be known that we are working on this.” («El Proyecto Panama es nuestro esfuerzo para escanear de manera destructiva todos los libros del mundo. No queremos que se sepa que estamos trabajando en esto».) Desde la óptica de ingeniería de datos, cada lomo cortado es como un cuello bajo una guillotina que se justifica por la promesa de obtener “texto limpio y extenso” para entrenar un modelo más potente; desde la óptica patrimonial, es una cadena de montaje donde millones de cuerpos impresos se decapitan en silencio.

El contraste con el ScanRobot es brutal: donde el robot de Treventus abre el libro en un ángulo mínimo para cuidarlo y devolverlo a su refugio en la estantería, la línea de producción de Anthropic baja la cuchilla y convierte cada lomo en descartable. La digitalización ya no es una herramienta de conservación, sino un paso en la conversión de literatura en combustible exclusivo de un modelo propietario.

La Biblioteca Nacional de la Dieta de Japón combina tecnología de escaneo no invasiva con laboratorios de conservación para que los libros sobrevivan como huéspedes de larga estancia. Fuente: NDL

Las bibliotecas de conservación: refugios de larga estancia

Frente a la guillotina industrial, la tradición de las grandes bibliotecas nacionales y de investigación ofrece otra imagen: la de instituciones que conciben sus colecciones impresas como patrimonio irreductible, incluso cuando las digitalizan. Políticas como la “Basic Policy for Digitization” (Política básica para la digitalización) de la National Diet Library de Japón dejan claro que escanear se hace para proteger originales y ampliar acceso, no para legitimar su eliminación.

En estas instituciones, la copia digital acompaña al libro, pero no lo sustituye: se estabilizan encuadernaciones, se controlan temperatura y humedad, se crean depósitos de conservación y se diseñan estrategias de migración de formatos pensando en el largo plazo. El repertorio de técnicas de conservación —desde la restauración de lomos hasta la desacidificación de papeles— existe precisamente para que los libros impresos puedan seguir viviendo como huéspedes de larga estancia en estos refugios.

En ese ecosistema, máquinas como el ScanRobot se insertan de manera natural: son aliados tecnológicos que ayudan a preservar y difundir contenidos sin sacrificar la integridad material, y la idea de cortar sistemáticamente los lomos de una colección se percibe como incompatible con la misión básica de la biblioteca.

Fair use, licencias y el atajo de Anthropic

La razón de fondo de Project Panama no fue solo técnica, sino jurídica y económica. Anthropic aprovechó la combinación de principio de primera venta (quien compra un libro físico puede disponer de él, incluida su destrucción) y una interpretación expansiva del fair use para el entrenamiento de modelos de IA. Al comprar libros en masa, la empresa podía argumentar que convertir un ejemplar legalmente adquirido en una copia digital interna no multiplicaba copias, sino que sustituía una por otra.

En 2025, el juez William Alsup dictaminó que esa conversión —destruir libros comprados, escanearlos y usar sus archivos para entrenar IA— era fair use, en la medida en que el proceso era transformativo y no producía outputs que sustituyeran comercialmente las obras. El hecho de destruir los ejemplares físicos se presentó, paradójicamente, como prueba de que Anthropic no buscaba crear canales alternativos de distribución, sino mantener un corpus privado.

La alternativa que muchos autores y editores señalan como razonable habría sido otra: negociar licencias directas para entrenamiento, como las que grandes editoriales están empezando a firmar con empresas de IA, con tarifas por libro en el rango de miles de dólares. Anthropic eligió el atajo clásico de Big Tech: moverse rápido en el vacío regulatorio, usar fair use como paraguas y asumir que, si las cosas salían mal, podría “pedir perdón” mediante un gran acuerdo económico. Eso fue exactamente lo que ocurrió con la parte pirata del corpus: un acuerdo de 1,5 mil millones de dólares cerró las reclamaciones por el uso de millones de libros descargados de sitios de piratería, mientras el entrenamiento con libros comprados se mantuvo como práctica validada.

Cuando el libro solo existe como archivo

La literatura sobre preservación digital lleva años advirtiendo que los objetos digitales son mucho más frágiles que los analógicos: dependen de formatos, software, hardware y políticas de gestión que pueden cambiar o desaparecer. Archivos y bibliotecas se enfrentan a problemas como obsolescencia de formatos, corrupción silenciosa de datos, fallas de hardware y migraciones mal hechas que pueden dejar colecciones enteras ilegibles si no hay copias redundantes y verificación sistemática.

Cuando una tradición textual pasa a existir solo como archivos alojados en servidores corporativos, sin una red independiente de ejemplares físicos en refugios públicos, la posibilidad de que un libro “desaparezca” ya no requiere fuego ni censores: basta un cambio de contrato, una caída de infraestructura o una reestructuración interna que deje fuera ciertos catálogos. A diferencia de un libro quemado, un archivo borrado deja poco rastro: el vacío no es un evento visible, sino un 404 silencioso.

¿Y si la IA empieza a reescribir los textos?

El otro riesgo, más sutil, es el de la re‑escritura invisible. Herramientas de IA ya se utilizan para “mejorar” legibilidad, actualizar lenguaje o filtrar contenido considerado problemático, y estudios recientes muestran cómo esa mediación puede alterar artículos académicos y otros textos de manera difícil de rastrear si los metadatos y las cadenas de versiones no son rigurosos.

Si el corpus de referencia (ediciones digitales de libros, manuales, tratados) se concentran en manos de unos pocos actores tecnológicos, y si los textos no se cotejan regularmente con ejemplares físicos o depósitos independientes, la noción de texto canónico se vuelve maleable: lo que hoy llamamos “Edición X” puede no ser exactamente lo mismo dentro de diez años, aunque mantenga el mismo título y el mismo ISBN. En un extremo distópico, una IA podría no solo entrenarse en los libros, sino también re‑escribirlos, y las nuevas versiones se presentarían como simples actualizaciones técnicas: mejorar ortografía, eliminar “contenido dañino”, armonizar vocabulario, adecuar a la ideología del momento.

Sin libros físicos guardados en refugios que no dependan de la lógica de producto de una empresa, ¿quién garantiza que el Quijote, la Biblia o un tratado de física cuántica son el mismo texto que conocimos? La última instancia ya no sería el bibliotecario, sino el equipo de ingeniería de datos.

Today in dystopian Sci‑Fi: Rainbows End

Via: Rainbows End,Vernor Vinge

Vernor Vinge se adelantó a esta discusión en Rainbows End (2006), una novela ambientada en San Diego en 2025 donde la biblioteca Geisel de la UCSD planea un proyecto radical: deslomar y triturar todos sus libros físicos para digitalizarlos en masa. La máquina encargada de esa tarea se llama, con precisión inquietante, Navicloud custom debinder: un dispositivo que separa los libros, los desarma y escanea su contenido para incorporarlo a un entorno de realidad aumentada donde los textos flotan como capas digitales.

En la novela, estudiantes y académicos se organizan para protestar contra el proyecto, señalando que el proceso destruye los libros y que no basta con tener copias digitales para preservar el significado cultural de la colección. El conflicto no es solo tecnológico, sino filosófico: ¿qué es un libro cuando su cuerpo desaparece y solo queda información?

Hoy, la figura del Navicloud custom debinder parece menos alegoría que plano de ingeniería adelantado: la descripción del desbinde, escaneo y reciclaje dialoga de manera directa con los documentos de Project Panama y con los reportes recientes sobre máquinas cortando lomos y alimentando escáneres industriales para entrenar modelos de IA. Anthropic ya no habla de realidad aumentada sobre una biblioteca física, pero sí de una biblioteca digital interna nutrida por millones de volúmenes destruidos. La distopía de Vinge se ha deslizado, silenciosamente, hacia el terreno del reportaje.

Del refugio robótico a la guillotina industrial: ¿qué futuro elegimos?

La coexistencia de máquinas como el ScanRobot, pensadas para digitalizar sin dañar volúmenes y devolverlos a sus refugios físicos, con proyectos empresariales que montan guillotinas industriales sobre millones de lomos, revela que no hay un único futuro tecnológico para el libro: hay decisiones políticas y económicas en juego.

Una apuesta fortalece depósitos de conservación y esquemas de licenciamiento: las instituciones preservan copias impresas, negocian usos digitales, documentan versiones y entienden el libro como memoria encarnada. La otra privilegia velocidad y escala: comprar, cortar, escanear, destruir, entrenar un modelo propietario y confiar en que el fair use y algún acuerdo multimillonario resolverán después las tensiones legales y culturales.

Entre el refugio y la guillotina hay algo más que un dilema técnico: está en juego la relación entre memoria y poder. Si el canon escrito del mundo termina reducido a data pipelines internos de unas pocas empresas, no solo arriesgamos que los libros se borren; abrimos la puerta a que sean reescritos por sistemas cuya lógica no es la crítica ni la tradición, sino la optimización de producto.

La pregunta que queda para autores, editoriales, bibliotecas y lectores es incómoda pero urgente: ¿queremos que el destino de los libros se decida en manos de instituciones que los reciben como huéspedes de larga estancia —apoyadas por robots que los cuidan página a página—, o bajo máquinas que los decapitan en nombre de la próxima versión de un modelo de IA?